30-06-2020 / Un desafío que se viene

La producción y la huella de carbono

En una economía global marcada por el cambio climático, la medición de Huella de Carbono cobra relevancia en el campo y ofrece a Argentina la chance de liderar una agricultura superadora.

 


Indefectiblemente, la agricultura genera emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) como el óxido nitroso (N2O), metano (CH4) y CO2. Pero a la vez permite quitar CO2 de la atmósfera y retenerlo en suelo bajo la forma de C orgánico, gracias a un motor clave: la fotosíntesis de los cultivos. El balance entre emisiones y secuestro de GEIs se conoce como Huella de carbono (C).

Miguel Angel Taboada – especialista de INTA que participó como asesor del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC) en la elaboración de su último informe anual – explica que “las metodologías para estimar la Huella de C son cada vez más comunes, y el Agro no es la excepción”. 

La adopción de la SD en más de un 90% de la superficie agrícola coloca a la Argentina en una posición ventajosa. La ausencia de labranzas permite reducir las pérdidas de C por mineralización y aumentar su secuestro en el suelo. 

Pero según estimaciones del equipo de Taboada en campos de productores de la Chacra de la Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa (Aapresid) Pergamino, la Huella de C también varía con el manejo. Con la ayuda de modelos de simulación, se estimaron las emisiones netas de GEIs de secuencias simples basadas en soja y de planteos con alto tiempo de ocupación mediante gramíneas y leguminosas para grano, diversos cultivos de servicios (CS) y pasturas, todas ellas en SD. 

El estudio reveló que las mayores emisiones están asociadas al uso de fertilizantes, la descomposición de residuos de cultivos y la pérdida de C directa desde el suelo. Sorpresivamente, la quema de combustible por uso de maquinaria aporta muy poco al total emitido. 

Comparando los distintos planteos, el monocultivo de soja fue uno de los menos ‘emisores’, pero también el que menos C capturó, mostrando la máxima Huella de C. Las rotaciones de menor Huella fueron las ‘más verdes’, es decir, aquellas de mayor tiempo de ocupación del suelo, diversidad de especies y presencia de cultivos de servicios (CS), en especial leguminosas. 

La presencia de cultivos mantiene activa la fotosíntesis y el desarrollo radicular. La diversidad de especies favorece el aporte equilibrado de residuos, mejorando la actividad de los microorganismos responsables de descomponer y secuestrar el C en el suelo. Los CS de leguminosas como vicia aportan N orgánico, cuya degradación es más progresiva y en formas fácilmente asimilable por las plantas. Así, es menos susceptible a perderse como N2O, a diferencia de lo que ocurre con el N mineral aportado por fertilizantes sintéticos. 

“Esto de ninguna manera significa que haya que dejar de fertilizar, pero sí muestra la importancia de rotaciones equilibradas para lograr sistemas más eficientes, que generen menos emisiones netas por kg producido”, advierte Taboada.

Las metodologías para estimar Huella de C son herramientas útiles para evidenciar manejos sustentables. “Pero en un mercado global marcado por el cambio climático, se transforman en aliadas comerciales estratégicas. Esquemas de certificación como ASC (Agricultura Sustentable Certificada) de Aapresid cuentan con protocolos para medir fácilmente el secuestro de C, constituyendo una puerta de acceso a nuevos mercados”, concluye Taboada. Este será uno de los ejes con los que el Programa AC desembarcará en el XXVIII Congreso Aapresid virtual, en agosto próximo.

AAPRESID/Campolitoral

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